La doble moral del encasillamiento político y el valor del orgullo tricolor
Por: Redacción Opinión / Análisis Político y Cultural
En el vertiginoso escenario de la política colombiana, la polarización parece no dar tregua ni siquiera a los momentos de esparcimiento cultural o deportivo. La reciente controversia protagonizada por la representante a la Cámara Mafe Carrascal, a raíz de la visita del futbolista estrella Lamine Yamal a Medellín, expone una vez más las profundas contradicciones de la narrativa oficialista y la ligereza con la que se juzgan los gestos ajenos desde la trinchera ideológica.
La ligereza del juzgamiento ideológico
Durante su paso por territorio colombiano tras la temporada europea, el joven atacante del Barcelona eligió ciudades como Cartagena y Medellín para disfrutar de sus vacaciones. En el marco de su agenda personal, sostuvo un cordial encuentro con el alcalde de la capital antioqueña, Federico Gutiérrez. La respuesta de la congresista en redes sociales no se hizo esperar: “Lamine Yamal abrazando en Medellín a Federico, un adorador del sionismo genocida. Todo mal”.
Resulta desproporcionado —e insostenible bajo cualquier lógica democrática— pretender imponer a una figura deportiva internacional una agenda de filiación o veto político local. Exigirle a un joven futbolista de 19 años que revise el expediente ideológico o las posturas internacionales de cada mandatario con el que interactúa raya en lo absurdo.
Más cuestionable aún es el doble rasero con el que se pretende señalar este tipo de encuentros. Mientras sectores afines al Pacto Histórico critican un apretón de manos entre un atleta y un alcalde democráticamente electo, las redes sociales se encargaron de recordar los recurrentes abrazos y fotografías de estos mismos sectores con personajes procesados o señalados por graves delitos de lesa humanidad. La incoherencia salta a la vista: se pretende fiscalizar la neutralidad de un deportista extranjero mientras se justifica el acercamiento con figuras locales de oscuro pasado.
Más allá de la política: El valor del orgullo tricolor
En medio de la estridencia política, muchos ignoraron el verdadero hito cultural de la visita de Yamal: ver a una de las máximas promesas del fútbol mundial portar y lucir la camiseta de la Selección Colombia con auténtico orgullo por las calles del país.
Que un deportista de su envergadura, nacido y formado en el fútbol europeo, elija voluntariamente identificarse con los colores de Colombia no es un detalle menor:
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Proyección internacional positiva: En un contexto donde la imagen del país a menudo se ve empañada por debates desgastantes, ver a figuras globales vistiendo la tricolor proyecta un mensaje de calidez, hospitalidad y riqueza cultural.
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Unión por encima de las divisiones: La camiseta de la Selección ha sido, históricamente, uno de los pocos símbolos capaces de unificar a una nación fragmentada. Que un visitante ilustre la vista reafirma su carácter universal como emblema de alegría y deporte.
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Puente cultural: El gesto trasciende lo futbolístico y se convierte en un puente de respeto hacia el país, sus tradiciones y su gente.
Reducir un encuentro de cortesía o la presencia de un referente mundial a un mero cálculo de reproche ideológico demuestra una miopía política preocupante. En lugar de instrumentalizar cada gesto para alimentar la confrontación interna, valdría la pena celebrar que Colombia siga siendo un destino acogedor donde las grandes figuras del deporte se sientan orgullosas de llevar nuestros colores.




